ZAVALETA, PÁLIDO PERO SERENO por Hildebrando Pérez Grande, UNMSM

Una vez más Abril es el mes más cruel. “No nos suelta”, me dice, desolado, un estudiante sanmarquino, acaso rememorando al Inca Garcilaso, a Vallejo, Valdelomar, Eguren, Rose, Watanabe, Vargas Vicuña, Mariatégui y tantos otros escritores que en su escritura apasionante revelaron el perfil de nosotros mismos como una sociedad múltiple, diversa, contradictoria, así como también mostrando en historias fascinantes el claroscuro de nuestra condición humana, nuestra existencia como un país aún no resuelto, lejos o cerca de los cristos villenas o las juanas las campas que esperan su redención personal y social.

Carlos Eduardo Zavaleta (Caraz, 1928) fue nuestro profesor de literatura española renacentista al inicio de los años 60. Mantenemos frescas sus lecciones sobre la picaresca y el teatro barroco. Luego fuimos sus entusiastas colegas en la Escuela de Literatura de San Marcos y en sus aulas y en sus patios supo él, generosamente, tender los puentes para entablar una amistad más allá de los linderos sanmarquinos.

Cuando se hace una lectura crítica de la narración en el Perú, su nombre aparece entre los primeros que nombramos, pues, CEZ es uno de los que inician la renovación de la retórica narrativa. Desde sus primeros relatos aparecen de manera deslumbrante las nuevas técnicas narrativas, de manera especial los logros de la generación perdida y su líder William Faulkner. El monólogo interior, las diversas perspectivas de quien relata, el uso de los planos temporales, la introspección honda, sin fronteras del ser humano se prodigan en sus obras y, justamente, los jóvenes narradores de los 60′ continúan sus sabias enseñanzas, por ejemplo Mario Vargas Llosa y en cierta medida Alfredo Bryce Echenique.

Otra punto que se debe revalorar en la obra de CEZ es que él, al tomarle el pulso a nuestra sociedad, sabe distinguir los planos de los universos rurales, andinos y urbanos, cosmopolitas. Con suficiente solvencia en las técnicas se inscribe en historias de los migrantes, del campo a la ciudad, de la vigencia de ciertos ritos y costumbres tradicionales en tensión siempre con las bondades de la vida moderna.

Joyce, Faulkner no le fueron indiferentes,más bien fueron las canteras desde donde CEZ nos mostró el ardiente paisaje de nuestros mundos en permanente conflicto y con algunas señales de haber encontrado la senda que nos sacará de una vez por todas del pozo en el cual nos encontramos

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